LA HABANA, UN FLECHAZO AL CORAZÓN

Malecon Habana

La Habana se me había aparecido en un sueño. En el sueño, yo volaba sobre una ciudad  dorada, bellísima y resplandeciente, junto a una figura que parecía un ángel. Encandilada por la visión, le preguntaba al ángel qué ciudad era, y él me respondía: Habana. Aunque desconozco el significado de ese sueño, las imágenes fueron tan vívidas, que a veces volvían a mi cabeza, incluso después de años. Tenía la sensación de que esa experiencia realmente había sucedido.

Viajar a la Habana, no estaba en mis planes inmediatos. Fue una decisión de último momento, como muchos otros viajes. Sin embargo, unos días antes de viajar, empecé a sentir una gran expectativa. Como si efectivamente fuera a visitar aquella ciudad dorada y etérea que había visto desde lo alto, en el sueño.

Pero mi fobia cíclica a los aviones, estaba de regreso. Por lo que el viaje de ocho horas, me resultó angustiante, ciertamente diferente de aquél vuelo celestial. Más tarde, una vez aterrizada en la Habana, el panorama no parecía mejorar.

A simple vista, Habana no es una ciudad radiante. Miro por la ventana de mi habitación, y la imagen panorámica, es desoladora. Parece una ciudad bombardeada, prácticamente en ruinas. Sin embargo, aunque la primera impresión no es la de aquella ciudad dorada del sueño, de algún modo siento que sí lo es. Me siento feliz en La Habana. Tengo una sensación de regocijo, desde que llegué a la ciudad. La Habana es un flechazo al corazón.

La Habana es una postal de colores pasteles desteñidos, ropa colgada de las ventanas, vidrios rotos, puertas desvencijadas, cables enredados, autos viejos, música saliendo de aparatos destartalados, edificios que parecen estar a punto de desplomarse. Su aspecto detenido en los años ´50, es como una sucesión de fotografías antiguas desgastadas que nos transportan a otro tiempo.

La calle es una gran protagonista en la vida cotidiana. Las vecinas charlan en los balcones, los niños juegan en la vereda, la gente conversa sentada en la puerta de su casa. Por la tarde, el malecón, es el protagonista. Cuando la silueta de la ciudad y sus edificios más emblemáticos, se dibujan a contraluz a medida que cae el sol, la gente se da cita aquí para pasear, bailar, pescar, o sentarse a ver el atardecer, que tiñe de dorado a los edificios. Al llegar la noche, las velas iluminan el interior de las viviendas, hogares sin ventanas ni puertas, viviendas mínimas, humildes, de paredes descascaradas, de muros y pisos inestables, y escaleras incompletas. Mientras sus moradores, hacen un esfuerzo por mantener la dignidad.

La iconografía en sus muros y letreros, nos recuerda a cada paso, los valores de una revolución tan desgastada como la ciudad.

Viajar a la Habana

Aislados durante décadas, los habitantes de la Habana parecen conservar una ingenuidad y una inocencia que el resto del mundo ha perdido. Cruzar algunas palabras con alguien, o quedarse a conversar por horas, bastan para descubrir la bella humanidad de las personas que habitan esta ciudad. Inteligentes, cultos, los cubanos son gente serena y respetuosa. Están ajenos al ritmo frenético del mundo occidental, y sienten curiosidad acerca de ese mundo, del que han sido privados por décadas, y al que suponen mejor. Nos preguntan sobre nuestra vida, qué hacemos, como vivimos, cómo pensamos. Escuchan lo que decimos con interés y atención, y nos responden con pensamientos profundos. Nosotros también queremos saber todo acerca de sus vidas. Conversar con los cubanos es un placer. La experiencia es muy enriquecedora. Y mientras ellos reniegan de su mundo, en voz baja, nosotros renegamos del nuestro. Cuando les decimos que somos argentinas, sus ojos se vuelven llorosos y nos abrazan. Como si compartiéramos los genes de aquél legendario Che al que todavía admiran. Creo que es en el único lugar del mundo donde nos reciben con un afecto genuino. Los habitantes de esta hermosa ciudad tienen una alegría natural, que se tiñe de melancolía por momentos. Les duele su confinamiento y necesitan saber qué hay más allá.

Las personas que habitan esta isla, son gente entrañable. Quisiéramos llevarlos con nosotros y esparcirlos por todos los países del mundo, para que el mundo se vuelva un poquito más bueno y más sabio. La Habana nos duele bastante. A la vez, nos estremece pensar que en un futuro, deje de ser lo que es. Que el cambio que se avecina, le haga perder su integridad, su dignidad, su cultura, y su candor. Pero esta Habana duele.

Nuestro avión se averió, y debemos quedarnos un día más. La ciudad nos regala una última noche de luna llena. Ya camino al aeropuerto, de madrugada, pasamos por la Plaza de la Revolución, desierta, con una luna enorme, iluminando los monumentos. Es 1º de Mayo, y en pocas horas, esa plaza estará colmada de gente. Todos los años, el primero de Mayo, en La Habana, se celebra el día Internacional de los Trabajadores, con un multitudinario desfile y un discurso de las autoridades nacionales.

Ya de regreso en casa, miro las imágenes del desfile en la televisión. Me cuesta creer que hace apenas unas horas crucé esa misma plaza desierta, iluminada por la luna llena. La Habana quedó lejos. Pero adentro de mi corazón.

2 Comments

  • Gracias por los comentarios tan sensibles sobre mi noble Habana y su maravilloso pueblo.Yo por mi parte siempre que trato de expresar mi opinion sobre La Habana ,repito lo mismo “La Habana es una ciudad con magia,tiene magia” ,me alegro infinitamente usted haya disfrutado su magia.

    • Hola Rosyrene,

      muchas gracias por tu mensaje.
      Efectivamente, La Habana es una ciudad mágica. Y su gente es maravillosa.
      Espero poder volver algún día.

      Un abrazo enorme.

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