ROMA DE NOCHE Y DE DIA

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Creo que las ciudades tienen un latido, un pulso propio, que podemos escuchar sólo de noche. Sin dudas, las ciudades me gustan más de noche que de día.

Llegar a Roma un lunes, después de medianoche, es como estar adentro de una película italiana. Roma está vacía, no hay gente, no hay tráfico. Somos los únicos andando por esta ciudad en penumbras. El coche avanza, mientras la luz plateada de la luna se refleja en el empedrado y se va filtrando entre los monumentos. Nuestras cabezas giran 360 grados, tratando de absorber todo lo que aparece. Las fuentes, las piazzas, las escalinatas, las ruinas, las fachadas envejecidas, las persianas cerradas de las pizzerías. En diez minutos, atravesamos tres mil años.

Mientras cruzamos la ciudad, recuerdo la primera vez que llegué a Roma. También era de noche, y en el cielo flotaba una luna llena enorme y amarilla. Estaba con una amiga, y ni bien dejamos las cosas en el hotel, salimos a caminar. Era un día de semana, de un invierno crudísimo. Recuerdo estar caminando por las solitarias calles romanas, cuando un sonido de agua corriendo, nos detuvo. Sospechando de qué se trataba, empezamos a seguirle el rastro. Perdidas entre las laberínticas calles, escuchábamos el rumor del agua cada vez más cerca, pero no lográbamos llegar. Hasta que doblamos por una esquina, y entonces apareció ella. Así, de repente, imponente, iluminada, solitaria, la Fontana di Trevi. Después de las inevitables exclamaciones, nos quedamos en silencio. En estado de shock, nos fuimos acercando de a poco hasta el borde, con respeto, como para no romper el hechizo. Casi no había gente, y sólo se escuchaba el sonido del agua correr. Parecía un sacrilegio interrumpir ese espectáculo ensimismado de Neptuno, con sus tritones, y caballos. Nos sentamos, hipnotizadas, tratando de captar con todos nuestros sentidos ese momento mágico. Estuvimos así un buen rato, prometiéndonos volver cada día que estuviéramos en Roma. Y cumplimos.

De camino de vuelta al hotel, ya en plena madrugada, y un poco desorientadas por la oscuridad, pasamos por lo que creímos que podía ser el lateral del Vaticano. Nos fuimos acercando a aquellas sombrías columnas, y muertas de curiosidad, nos aventuramos a atravesarlas, sin saber muy bien lo que íbamos a encontrar del otro lado. Y sí, efectivamente, habíamos supuesto bien. Allí estábamos, con un pie en la Piazza San Pedro, totalmente vacía y lúgubre. Con las bocas abiertas de asombro, caminamos lentamente hasta el punto central, girando en 360 grados, enmudecidas, sorprendidas por las dimensiones de aquél lugar, iluminado por la luz de la luna llena que rebotaba en las estatuas.

No me quedó ningún registro de esa noche, excepto el de mi memoria. Porque en el apuro al salir, había dejado mi cámara en el hotel, y no existían celulares en esa época. Sin embargo, esas escenas, son inolvidables. En pocas horas, Roma ya se había quedado debajo de la piel.

Con la salida del sol, el pulso cambia. Durante el día, la ciudad recobra su ritmo característico. Roma tiene una personalidad muy latina. Es bastante caótica, ruidosa, sucia, decadente. Está alejada del orden, los modales y la pulcritud que caracteriza a la mayoría de las ciudades europeas.

Pero tiene algo que es único, que es el registro de la historia. Recorrer Roma es como recorrer un enorme museo imaginario al aire libre. Como si cada barrio fuera una sala diferente del museo. Cada centímetro de la ciudad, es testigo de una historia milenaria.

Hay otras cosas por las que también disfruto Roma. Una es la comida, claro. Y el calor de los italianos, expresivos, sociables, simpáticos, temperamentales, y también malhumorados. Así es como esta ciudad se vuelve memorable y eterna.

Debo confesar, que Roma no es de mis ciudades favoritas, pero conmigo siempre ha sido una cálida anfitriona. Me ha regalado momentos inesperados, que han excedido mis planes y mis expectativas. Por eso le tengo mucho cariño.

De este último viaje a Roma, tres momentos quedarán debajo de la piel (además de la llegada):

La visita al Panteón,

El fervor de la multitud vitoreando al Papa Francisco,

El mejor plato de spaghetti allo scoglio que comí en mi vida.

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