Viajero o turista? Relájate, a nadie le importa…

Viajero o turista

Todavía me asombra ver cómo algunos “viajeros expertos” se esfuerzan por diferenciarse de los turistas.

Mientras enumeran las razones que los hacen verdaderos exploradores del mundo, te explican por qué tú, pequeño humanito con 15 días de vacaciones, eres un simple excursionista.

Pareciera que el título de viajero, está sólo reservado a una elite que viaja mucho, muy lejos, despacio, de manera independiente, y por mucho tiempo.

Y como el viajero experto, se ve obligado a mantener “la mística viajera”, entonces, trata de evitar los lugares turísticos, los grandes lujos, las agencias de viajes, y los servicios organizados.

Pareciera que el título de viajero goza de un gran prestigio. Mientras que el de turista, sería bastante vergonzoso.

Pero si algo me enseñaron los años que llevo viajando –como “turista” y como “viajera”-, es que los viajes llevan nuestra marca personal. Si eres un imbécil, lo serás en cualquier sitio, sin importar la forma en que viajes. Y si eres una persona sabia, lo serás adonde sea que te encuentres, y en cada situación que la vida te presente. Si estás realmente conectado, contigo mismo, con los demás, con la vida, con el mundo, lo estarás de cualquier manera.

Con los años, descubrí que andar en un bus destartalado, puede ser tan divertido como volar en primera clase. Que dormir en un hostel mugriento e incómodo, puede ser tan reconfortante como acurrucarse en una cama mullida de un hotel lujoso. Que un tour organizado, podría transformarse en el viaje más emocionante. Y que no importa si la travesía dura dos días o dos años.

Porque lo que importa, no está afuera, sino adentro. Está en nosotros, transformar cada experiencia en algo significativo, o no. 

Cuando mi abuela cumplió 82 años, viajé con ella a México. Era uno de sus sueños, y fue su último viaje. Viajamos en un tour organizado por la empresa más turistica de todas. Junto a un grupo de 30 personas, del que no nos separamos durante 13 días. Y durante 13 días, seguimos a un guía que llevaba una banderita en alto, y recorrimos tantos lugares que es imposible recordar. Sin embargo, fue un gran viaje. Bailamos bajo las estrellas, reímos, lloramos. Fue un honor y un privilegio acompañar a mi abuela en su último viaje, y verla cumplir un sueño. Fue una vivencia profunda y memorable.  

El año pasado, mientras acompañaba a mi mamá a conocer París, me encontré dando saltos de felicidad frente a la Torre Eiffel iluminada. Gritábamos de alegría, cada vez que las luces titilaban. En ese mismo viaje, tomamos varios buses turísticos, esos que te llevan a recorrer la ciudad en una hora, mientras una voz grabada te relata lo que estás viendo. Y estás ahí, con los auriculares clavados en las orejas, tratando de encontrar tu idioma, mientras una musiquita monótona y repetitiva te taladra el cerebro. Tan turístico que duele. 

En cada caso, me sentí muy afortunada y profundamente agradecida. ¿Cómo no sentirlo, si estoy recorriendo una ciudad hermosa, con alguien que quiero?

Viajar en un tour organizado, no nos hace menos viajeros. A veces, para algunas personas, esa es la única posibilidad para recorrer un lugar. ¿Cómo sabemos qué pasa por su cabeza y por su corazón?

No importa el tipo de viaje. Con el tiempo, recordaremos atardeceres, lunas llenas, mares, risas, rostros, emociones. Recordaremos con quién lo compartimos. A quiénes conocimos en el camino, a quienes abrazamos. Qué conversaciones tuvimos, qué historias escuchamos. Qué cosas nos conmovieron. Si cumplimos algún sueño. Si superamos algún miedo. Si aprendimos algo nuevo, si nos asombramos, o nos aburrimos. Recordaremos un amor, o un sonido, un aroma, un sabor, una imagen.

No somos ni viajeros, ni turistas. Somos humanos. Que salimos de nuestra zona conocida para expandirnos, para conocer, para aprender, para encontrarnos, para celebrar, para sanar, para crecer, para divertirnos. Y cada uno lo hace a su manera, como quiere, o como puede.

Todos somos diferentes, y creamos viajes distintos, en momentos particulares de nuestras vidas.

Un viaje, puede ser trascendente, superficial, romántico, incómodo, corto, interminable, sensacional, revelador. Como la vida, será un reflejo de lo que somos, y de cómo elegimos vivir cada experiencia.

Y si podemos viajar, somos unos privilegiados. Agradezcamos a cada aspecto que lo hace posible. Porque la mayoría de las personas del mundo, no tiene esa posibilidad.

Querido “viajero experto”, no tengas miedo de parecer un turista. No es tan importante. En serio, no pasa nada. Relájate… 

Podrás recorrer el mundo, pero tendrás que volver a tí…

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