Dublin, y la nostalgia irlandesa

Glendalough Irlanda

Lluvia, llovizna, chubasco, sol, arco iris, lluvia torrencial, frío demencial, calor, viento, sol, llovizna, agua nieve. Esta podría ser la síntesis del clima, de una sola hora en Dublin. Y así, multiplicado por 24 horas, todos los días.

Este clima delirante, incómodo, e inconstante, se desparrama sobre una Dublin serena y apacible. Dublin no tiene la velocidad de otras capitales. Es una ciudad tranquila, de ritmos acompasados, amigable y hospitalaria. Una ciudad sencilla, de gustos simples, que ha conocido batallas, y que ahora celebra la paz, sin aglomeraciones, sin embotellamientos, sin apuros de ningún tipo.

La ciudad, es el corazón de la Isla Esmeralda, Éire, o Hibernia, más conocida como Irlanda. La isla de las “cien mil bienvenidas” (Céad Míle Fáilte), y de los cien mil tonos de verdes. Una isla que lleva entre las trenzas de su ADN a druidas, a celtas, a vikingos, a misioneros, a duendes, y a personajes legendarios. Todos ellos deambulan silenciosos entre los bosques, entre las piedras, entre las tumbas,  entre las ruinas de los castillos, y de los monasterios.

Pero para mí, Irlanda tiene otro significado. Es una isla que me llama fuerte e insistentemente, que me convoca, me tironea el alma, me hace llorar sin razón, me provoca nostalgia, me conecta con un pasado que no comprendo, pero que se parece mucho al “hogar”.

Una isla que me hace encontrar mil excusas para no ir. Y me hace sentir que me rompo por dentro si no voy. Hasta que un día cualquiera de otoño, me invade una sensación de no poder dejar pasar más tiempo sin ir a Irlanda. Necesito volver a la Isla Esmeralda, si es que alguna vez me fui de allí, si es que alguna vez estuve ahí.  Entonces, como si fuera un viaje de emergencia, sin mapas, sin planes, sin guías, casi con lo puesto, voy.

El avión comienza el descenso, y entre las nubes, a lo lejos, aparece la Isla, rocosa, cubierta con un manto de praderas verdísimas. Hay vientos cruzados, y el piloto anuncia en francés, un aterrizaje difícil. Nos movemos como una hoja de papel en el viento, sin dirección. La nave se tambalea, oscila, se inclina, sube, baja, se ladea, se sacude, se pone casi perpendicular a la pista, se endereza, se vuelve a torcer.  En otras circunstancias me hubiera aterrado. Ahora, me resulta indiferente. Estamos a pocos metros de pisar el suelo. Podría morirme acá –pienso, no importa, ya estoy en casa.

Piso la isla, y me caen lágrimas. Recorro la isla, y me caen lágrimas. Me paro al filo de los acantilados, y me caen lágrimas. Me voy a dormir por la noche, y me caen lágrimas. Como cuando miraba una película, o veía algo relacionado con Irlanda. No estoy segura qué sucede. Es una sensación que no puedo explicar. No es un llanto melodramático. Simplemente, lágrimas. De emoción, de añoranza, de melancolía, de alegría, no sé.  Nostalgia irlandesa.

De algún modo siento que me estoy reencontrando con estas tierras que mis pies pisan, con los bosques, con el mar, con las piedras, las ruinas, los acantilados, la gente, la música.  Quién sabe qué familia, qué hogar, qué historia, recuerdan mis células. Irlanda me sana, me acurruca, me aquieta, me quita la ansiedad, me reconfigura, cierra el círculo.

Cada noche, antes de dormirme, pienso en la tierra que está debajo de mi cama. Debajo de la calle. Agradezco a esa tierra que me sostiene, que se me hace sagrada.

Llega el momento de irme, y me rompo por dentro. Otra vez. El próximo destino es París. Odio París -pienso.

El avión despega, y asciende. Con él, despegan mis pies y mi cuerpo, de ese suelo sagrado. Miro hacia atrás por la ventanilla, y veo a mi isla querida alejarse. Me veo a mí misma, alejándome de ella una vez más. Otra vez, las lágrimas, otra vez la melancolía, y la nostalgia, y la alegría. Todavía no comprendo qué historia, qué familia, o qué hogar estoy dejando allí. Todavía los sigo buscando.

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